Dedicatorias #99. Nos vamos a matar


Nos vamos a matar, te digo.
Me río pero no es gracioso.
Me río funeral.
Me río absurda.
Me río temor.
Vos me mirás, creo, un poco impactado. En general, me mirás así. No puedo sacar ninguna conclusión. Una leve sorpresa quizás, un tenue desacomodo de tu cara, un imperceptible respingo. 
Te das cuenta, no? Nos vamos a matar.
Ahora sonreís, me clavás los ojos. No sé qué te pasa por la cabeza, y no me lo vas a decir. Las oleadas vertiginosas de mis pensamientos leen y qué importa, vení, dame más, dame todo, vení, si morimos así, qué importa, esto es mucho, esto es rico, delicioso, vení, mirá qué fuerte, cómo sabe, exquisito, qué tibieza, qué calor, incendio.
Y voy.
Ahí estamos. En el momento no veo nada: me vuelvo ciega para todo excepto para vos, tu figura, tu expresión. Sin embargo, te veo entre nubes de vapor, como si estuviéramos en la ducha con agua hirviendo. El ambiente es humo puro que ondea, se mueve rápido rodeándonos, nos humedece primero, gotas finas, rocío, pecas de agua, nos moja poco después, me doy cuenta con mis manos que patinan desde tu cabeza por la espalda, por tus piernas, trato de agarrarme de donde puedo y patino, la palma abierta, caricia amplia, patina, se desliza por una pista ardiente donde el agua emerge, llueve al revés en un mundo haiku, si pudiéramos verlo con una lupa, ahí verías cómo de tu tierrapiel salen gotitas a mares, hay un temporal con viento huracanado que emana alzado de mi boca, los árboles de pelitos van de un lado a otro, de un lado a otro, se acuestan, se paran, arriba y abajo, otra vez, no puedo creer que me resbalo, un movimiento tan perfecto, tan armónico en sí mismo porque yo no hago nada, es decir, no controlo, la cabeza -sede de operaciones- reposa inerte, quizás mariposa, como si libara una flor, como si en cualquier momento se desprendiera en vuelo. Peso no tiene, contenido tampoco. Humo quizás, nubes con volutas que rápido se transforman por el fuerte vendaval, y pasan pasan pasan como en cámara rápida, qué flash, de esto no veo nada porque mis ojos fragmentan tu cuerpo y nada más, a ratos el mío porque es lo mismo, pegados, adheridos, las formas voluptuosas surgen inspiradas, se abultan espumosas, burbujeantes, estallan estrepitosas contra la pared. A pesar de su radical etéreo, las espiras rompen como bombas, globos de agua contra la pared sonora, hueca, un cuerpo que atravesamos parece, un cuerpo que devela su misterio, una oscuridad con luces de la noche. 
Nos detenemos unos segundos, tomamos aire. Siento que aspiro nubes pulposas, o que en el fondo del océano la vida acuática sobrevive así, extrayendo oxígeno del agua, mientras todo azul y verde y relumbrante como son los colores de los peces que irradian luz al nadar. Uno segundos estamos casi quietos, solo que nuestro abrazo tiembla, respira como una bestia que ha cazado, exuda bolas ígneas, naranjas que caen al piso y desaparecen. Apenas quedan unos laguitos cítricos que se deshacen como pestañas. Lo poco que te habías alejado se salda de nuevo. En mi mejilla hay bocanadas de tus desprendimientos sutiles, ráfagas perfumadas con las notas de tu voz, con la pronunciación crujiente de tus consonantes. Chispeo, lo ves. Tomo aire para zambullirme, es inevitable, es básico cuando la ola es así, tan grande, tan alta que te va a cubrir, hay que entrarle, mojarse completa sin resistencia, dejarse rodear espalda y vientre, piernas, sentir que nos lame y se va. 
Nos vamos a matar. No te das cuenta, no querés, no te importa esa variable.
Me arrojo al centro de la ola impetuosa, jónica, arrebatada. En el tumulto del mar salado que me llena estás, veo un racimo de dedos entrelazados, no sé distinguir cuáles fueron míos. Perdidos, enamorados, fusionados en las uvas, volutas burbujas andan. Al llegar al piso se deshacen.
Es extraño: lo que no se ve, está. 
Lo que no se dice se puede escuchar.
Lo que se advierte, no importa.

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