Dedicatorias #97. Sapo corazón



Esto se va acabando, lo siento y no quiero, no quiero que acabe, no quiero dejarte ir, no quiero empezar a sentir lo que viene después: la explosión de dolor que sube de la boca del estómago a la otra, ácido que mata la lengua, carcomido el corazón, masticado, aplastado, cómo seguir, cómo recomponer un ritmo quebrado, si alguien tuviera una forma sería tan fácil hacer un poema, y no, no lo es, sería tan fácil andar por ahí destruyendo corazones, dejando que te arrasaran el pecho entero, que lo abrieran y sacaran latiendo un corazón, tu corazón, te lo mostraran y sonriendo lo arrojaran debajo de un colectivo. Lo ves ser aplanado, revienta como un sapo el pobre corazón. Ahora es un deshecho más en el medio de la avenida, unos autos pasarán y ya ni podrás distinguirlo. En este hilo de desenlace que te propongo, sin nada en el tórax, liviana y hueca, seguís caminando, seguís inerte, seguís mecánica, seguís medio muerta, pero seguís, no lo podés creer, pero seguís, te preguntás cómo puedo caminar, cómo mi cerebro sigue enviando órdenes, cómo existe esta coherencia dentro de mi destrozo personal, cómo puedo comprar una botella de agua y pensar, agua, dame agua que cambie toda la que tengo, quizás así te lave, te expurgue, quizás así te borre.
Claro que no, amigos, eso no pasará, no soy una máquina, ese corazón estrujado no está afuera, claro que no, golpea desde adentro, sabe su rutina el muy bastardo, vamos, a vivir, y que cada día duela hasta que te canses tanto que te derrumbes como un edificio lleno de bombas. 
Y duermas. 
Y duermas.
Mucho. Demasiado. Cada minuto una aguja, cada hora un puñal. En un momento, quién sabe cuándo, algo ínfimo, diminuto, una mera gota de rocío te alterará, refrescará la piel, regará pecas, y unos labios florecerán soleados, relamiéndose, extrañando tu beso.

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