Dedicatorias #80. Piedra y tiempo


Claro que uno tiende un hilo invisible y luego se asombra. De qué? Acaso no es real lo que no se ve? Acaso se puede ver el dolor o el amor? Solo pistas, y hasta se puede fingir.
Me preguntás si leí lo de la piedra. Hoy abro el suplemento cultural y me recibe un poema de un viajero frugal, así lo llaman, Zbigniew Herbert:

Las piedras no se dejan domesticar
hasta el final nos mirarán
con su mirada tranquila clarísima.

(Tu mirada es clarísima, pero no tranquila. Sos mineral como el agua, pero la piedra es un ropaje tentador. Ese parecer de piedra, inmutable, calmo, tan resuelto, casi un cliché masculino.)

Voy a tu texto, lo primero que veo es la firma. Dos nombres nuevos, casi relucientes. Quiero decir: quién te llama así? No tu familia, no tu trabajo, no tu mujer. No esa combinación. Y sos todos, sí, cada uno de esos nombres, no dos acá, dos allá, sos cada uno y todos juntos. Para mí sos una letra poderosa, una letra que sabe jugar con la mía. Y también el toro, podés disfrazarte de lobo, pero sos toro por ímpetu, por convencimiento y fuerza de ataque. Para mí, por mí, conmigo, el rojo que altera tu verdocidad. Porque cada uno es para el otro. Te a(r)mo al verte, te compongo. Como dice Proust, recreamos al otro en nosotros.
Sin embargo, la locura del amor nos abre como frutas, nos deja expuestos. 

Y leíste lo de la piedra? (todo lo que escribís, qué tiene que ver con mi pregunta?) (imagino tu cuestionar, tus objeciones, hasta el tono) (no me queda otra, esto es la ausencia: sentir lo que no está)

La piedra. 
El texto de la piedra.
Tu piedra.
Me das tu piedra hecha letras.

Decís:
           Detener el ruido del pensamiento.
                           Captar las contradicciones sería que dejaran de tironear: allí están, colosales, majestuosas en su paradoja natural.
                   Detener el ruido. 
Hace poco escribí en un texto: volverme un evento climático.
                             Vos, piedra. Yo, tiempo.
Pero en el fondo no quiero, no puedo.
Quiero sentir todo y no pelearlo. En piedra viva.
Quiero ser la piedra, la lluvia, el sol, la mano que lanza la piedra al mar, el mar que besa la arena, la ola que se deshace en espuma. No me importa morir, no me importa nacer. Eso sucede.
Sucede.
Y lo que sucede, no se detiene.
                                                 El ruido no se detiene.          Nunca.
Ni siquiera en la piedra. Adentro de la piedra, hecha de piedra, tengo oídos, pensamientos como derrumbes.
                                                      El ruido en la piedra es ensordecedor.
Quizás cuando te beso se detiene, seguro cuando me pierdo en vos. Ahí me aturdo de rugir como si estuviera en la selva y el follaje cantara con el viento, agitado.

Volvamos al texto, a la piedra, a tu pregunta.

Leí lo de la piedra y me gustó.
Escribo cuando me gusta.

Te dedico besos que viven dentro de piedras mágicas: se abren cuando las tocás, como yo.

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