Dedicatorias #37. Vamos a escribir

37.

Vamos a escribir, sí, vamos a escribir, en definitiva qué puede ser más erótico que mezclar tu lengua con la mía, que usar una palabra tuya, apropiármela, sentirte humectar mis labios cada vez que la pronuncio, tu palabra la mía, ahora sos mío en el discurso porque es una cama tendida, abierta sólo para nosotros en un lugar que nadie conoce y que sólo vos y yo podemos descubrir. Si el lenguaje, montaraz, es el recoveco donde copulamos hasta que las horas pierden cronología y son paquetes arrojados a una bolsa de provisiones para otros, entonces escribamos sin parar hasta que seamos pura agua, tinta transparente, deshechos los cuerpos inútiles, dados completos al goce de retorcerse hasta crear nuevas letras que dicen qué? Nada, justamente, en esta tierra incierta andamos, sin nombres, con sonidos y gestos, primitivos, edénicos infernales, desnudos, que quiere decir sin amarras, ésas que ahorcan los cuellos que solemos esgrimir. Si no fuera así, no estaríamos quemándonos todo el tiempo, fogatas ambulantes, luceros que iluminan los ambientes vacíos, que despiertan las sospechas en las ojos que, de repente, nos captan, ¿y ese chispear, de dónde salió? Si no fuera así, no te vería como al único posible, el necesario otro que pregunta sin respuesta, el cómplice del viaje radical al fondo del sentir. Si no fuera así, no me convertiría en animal cada vez que aparecés: me crecen las uñas, el pelo, la lengua, el vientre se enrolla, me tenso, cada vez que me estiro soy un poco más flexible, un poco más frondosa, jugosa. Engullo con mis pupilas, la dilatación es un hilo que late y cose los cuerpos con particular fruición. Qué salvaje y rica esta dialéctica en la que estoy escribiéndote y cada oración me deshace un poco más, soy un poco menos yo, un poco más lengua perdiéndose, autocomiéndose ávida, desaforada, penetrada mil veces ve, cortando a fuerza de embestidas la jota para convertir verbos en pura lambida, gusto absoluto en el paladar, salada es la carne mojada en el mar, absorbida la sangre de sol, no se puede acabar de otra manera que mareando las sábanas, torbellinos de espuma y no hay cama ni siquiera barco sólo en un instante hacemos una forma que perdura en la evanescencia del yo, borramiento completo del sistema, blanco de memoria, parto de partes que en un segundo más se dispersarán en el aguamar, en los embates de la orilla llenas de poros asediada por el corazón. La playa del pecho, si bien desierta, despoblada de todo lo que no sea la arena de dedos, de vello, de senos, de redondeces acaracoladas que susurran ventisqueros cálidos, estalla con la rompiente del latido, bomba explosión, bomba grave y metida, profunda que trauma el respirar. Y cada movimiento es una ola que impacta, refresca de manera absurda porque al segundo siguiente, después de breve calma, más y más y más y más y más adentro es una tempestad que destruye lo que no se deja placer.

km. 2014.





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