Nada extraordinario



Nada extraordinario pero igual
contarte, mostrarte, imaginar qué dirías
si al ir llegando a la playa el viento trae trazos de sal y pescaditos que se fríen
listos para el almuerzo o esa eterna picada marina
si no te importa llenarte de arena, a mí me encanta, ver qué dicen los arabescos de granos en la piel
qué te parece tomar el sol desde el mar, entre las olas,
pasarla en el agua hasta que no podés caminar o te arden los ojos, la piel, pero salís sirena,
con revestimiento brillante, sin gracia para moverte en la tierra
si prestás atención a los caracoles, a las piedras, a todos los mínimos tesoros que la espuma acompaña hasta la orilla
si te gusta escribir mensajes en la arena, efímeros porque el mar se lleva todo
si no amás la hora en que la procesión de personas con planes se retira, poco a poco, mientras la luz se pone tibia y luego fría, queda sola la arena que se empieza a peinar
y el mar sin cabecitas ni siluetas, puro oleaje, pura canción, coronado de naranjas y rosados, nubes iridiscentes que no se quieren apagar
si no te gustaría ponerte sobre la malla todavía húmeda un buzo con capucha, bien amplio, afelpado, meter las manos en los bolsillos y jugar con los pies,
charlar tonterías y existencialismos, besarnos en la penumbra del anochecer
tus labios frescos pero tu boca
caliente de sed
tu lengua revoltosa y hambrienta
tus manos ávidas y es tan fácil tocarnos
tan golosina
como si todo el día no hubiéramos hecho más que esperar
una playa desolada, el viento justo,
el instante perfecto para el beso
apagando el paisaje que se convierte en refugio
a la luz tenue
de las estrellas que nos miran. 


km. 2018

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