Qué queda del viaje


Qué queda del viaje que no sea este cuerpo
un leve dolor de panza por esa comida exótica
un afán de la lengua por la palabra ajena
un aroma a sábana de hotel, toalla que no seca,
y nuestra piel húmeda, mezclada hasta el hartazgo
que nunca llegó
el hartazgo no se mezcla con el deseo
Qué queda del viaje que no sean imágenes que pasan 
fragmentadas
pequeños cortos que no corren bien
se traban
porque el recuerdo no es alta definición
ni la memoria tiene súper capacidad
más bien parece
una película vieja que hace ruido y está granulada
veo caras, miradas, tus manos
partes inconexas que solo una sensación enlaza
tus manos, su calor,
la textura suavemente rugosa
la profundidad del presente no es una fotografía
el escenario 3D donde nos movemos carece de la ligereza
de la falta de compromiso que impone
lo virtual
ese enlace supremo, inconmensurable de
causas-consecuencias
se me ocurre pensar -tan inútil
preguntarme
si no hubiera confesado mi miedo a las tormentas
¿te habrías conmovido?
si no hubiera permanecido absorta, navegando en una dimensión de bibliotecas cruzadas,
¿habrías reparado en mí?
si no hubieras entrevisto los ojos que titilan por una pintura
por un paisaje vivo como un animal
por una expresión sonora pescada al azar
¿te habrías animado a decir Te extraño?
(Te extraño)
Eso no importa ya. 
La condicional en pasado compuesto
es ficción. 
En el roce con tu brazo está lo que pasa, 
lo que me queda en cualquier lugar, portátil etérea
en los huecos de tu clavícula existe
un olor que reconozco propio
huella digital de mis temblores
agua de la boca que se relame para llamarte.
Te pronuncio.
El viaje lo arman las letras de tu nombre. 


km. 2017

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