Mar de Iroise



Veo en la pantalla cómo en Bretaña olas gigantes crecen hasta cubrir totalmente un faro en el medio del mar de Iroise (iruassss, fijáte cómo suena, iruassssssss, dejá las terminaciones reverberando, dejá al francés en tu boca, sentí en la lengua, mar es femenino en francés, la merrrrrrrr). 


Es una tempestad. 

Es un espectáculo.

Son olas absolutamente atemorizantes, fuertes, altas, espumosas, tanto que cubren por un momento todo el faro, mi única referencia para darme cuenta de lo brutal de esos golpes terminados en nubes pulposas que deshacen lo que tocan.


Un viento te borra la cara, puedo imaginarlo. No lo siento. Todo es plano acá, donde estoy, todo es seguro en esta pequeña pantalla de celular. Mis ojos reponen volúmenes, me dan perspectiva, pero estoy tan lejos, estoy tan cubierta, a salvo de lo que será problema, complicación, hasta posible desastre para Bretaña. En esta lúcida pantalla, es espectáculo. 


No puedo dejar de mirar, pero empiezo a sentirme nauseabunda. Algo de la falta de golpe, de la falta de estruendo, repugna a mi cuerpo. Las olas son bellas, poderosas, destructivas. El movimiento reiterado que se alza con semejante furia cómo? Me deja hipnotizada. 


De a poco me revuelvo, duele la cabeza, cierro los ojos, la ola me ataca, me golpea, me arrastra, hace rato me derribó, está lacerando, soy un torbellino de sal entre piedras, me ahogo, sangro pero no lo sé, ya no veo, es oscuridad y deseo de que tanto golpe acabe, de que todo acabe. 


Acaba, pero no el dolor. Fui masticada y arrojada. Ardo de heridas, no puedo moverme. Pero puedo pensar, dios! Por qué? Todavía pienso, siento. Quiero abrir los ojos, tengo astillas, estoy encandilada, la luz es un cuchillo que rasga. Los párpados al cerrarlos me dan una imagen, algo que tengo adentro retorna como una espina infinita, como la impotencia, la destrucción que no lleva a nada, la guerra inconsecuente que rompe y rompe arguyendo razones que ni siquiera rozan al cuerpito vestido de ese niño muerto que veo en la playa. Otra costa, otra muerte que vuelve con el mar, los golpes se trasladan, me siguen, las olas tempestuosas no pretenden parar. La espina permanece. Es histórica, humana, inapelable. 


Vestido para salir, de rojo y azul, dibujado parece, en la arena, no veo su cara, sumergida en la arena, como sus manos chiquitas, de esas que los adultos envolvemos completas, siempre calientes, pegajosas, polvorientas, manos de niño que ha jugado, y advertimos ahora a lavarse antes de comer y miremos al cruzar la calle, no me sueltes, es peligroso, como las bacterias de tus manos sin lavar, no las lleves a la boca, vamos, qué lindo te vistió mamá y cómo te ensuciaste... 


No puedo levantar mi cabeza, estoy hecha de arena, me fundiré en este suelo. Esto no es un espectáculo. Los cuerpos grandes y chicos, escupidos por el mar, devueltos por los países, ahogados por la civilización, no son un espectáculo. Son las astillas en los ojos que las pantallas planas reflejan depurando de dolor. Nada hiere en alta definición.


En Bretaña, mar de Iroise, uno de los más peligrosos de Europa, pero también de los más ricos en especies, mar pequeño de tempestades rugientes, enfurecidas, el temporal azota pero no ha matado a nadie.  Hasta ahora.


Hasta ahora lo han captado diversas cámaras y se ha compartido en facebook con frases que pretenden poesía y huelen a la peor anestesia. En esa playa, y en las playas de mis ojos de vidrio partido, yo no morí, vos no moriste, vos tampoco.


Había una vez un niño que nunca más cruzó la calle ni se lavó las manos. Había una vez un niño que vistieron de rojo y azul, con sus mejores zapatos, le dijeron: Ahora serás navegante, conquistarás una nueva tierra. El niño subió con temor pero quería soñar. Había una vez esos cuentos que nos hacen temblar porque lo oscuro es tan propio que emerge sin pudor. No es plano. No es digital. No es una imagen. No es un cuento.


km. 2016

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