Te me venís al humo


Que te escriba me decís.
No hago otra cosa, pienso. 
Aún si no estás en el texto (después de todo, quién estaría? Éste es el dominio de las hormigas, el campo blanco de las letras) es para vos.
¿Cómo escribir si no es dedicado?
No sé.
¿Cómo escribir si no es para dar cuenta de  tu impacto en mi cuerpo?
¿Cómo escribir si cada línea no es sentida como una bocanada de aire necesario, como la agitación desaforada de mi pecho, como el roce mínimo de tus dedos en el final de mi brazo erizado?
No sé.
Detrás de esta página, estamos nosotros.
Éste es el efecto de verdad: 
No hay artificio:
llegás, nos miramos, trato de no hacerlo -se trasluce todo cuando lo hago- te desnudo, te toco, te paso la lengua con la mirada, entonces la retaceo, de soslayo te absorbo con mis ojos y me retiro, pero vos venís raudo, decidido, sorpresivamente te me venís al humo, sí, yo me incendio, cuerpo a las brasas, sí, desprendo un olor apetitoso parece porque de pronto estoy envuelta en tu abrazo y al principio forcejeo, me resisto, es decir, mi cabeza tenía otro plan, mucho más inocuo, verbal, no incluía enrollarse y trabarse y entrarse así. Me resisto un poco más, todavía estoy pensando, había ideado una escena en donde te ofrecía algo fresco para beber (me manejaba con extrema cortesía hasta abrir la heladera que, perpetuamente, sólo contiene agua y no te tienta en absoluto), vos aceptabas aunque te veía no probar ni un sorbo, apoyabas el vaso por ahí y de nuevo, inevitablemente, te me venías al humo.
Pero esto lo ordeno ahora, en este blanco que voy manchando de líneas, como aplastando hormigas para que permanezcan. Donde vos no sos vos más que cuando te llamo (ahora te evoco, deletreo sonoramente tu nombre).
Ayer era otro mundo, ayer era un caos al que intenté ponerle un tímido cerco hecho de escarbadientes. Ayer mientras intentaba frenar mi impulso en pos de nuestra autoconservación, antes de que te presentaras en forma concreta, te sentía volar hacía mí, nube de vapor caliente, sol encubierto, te sentía rodar rápido y anaranjado, te vi sin divisarte todavía a punto de estallar, estrella fugaz infinita, precipitación de millones de gotas sobre mí. Una capa de perlas de agua que duplica mi piel, me besa cada poro, vos sí me das de beber completa, la boca un degustar más, otro entre tantos. Inevitable, incontrolable, inconmensurable este amor incendiario, nunca supuse algo así. Pensé que era hipérbole, que tanto no existía, típica exageración literaria. Pensé que sin uñas no había posibilidad de rasgar y enfrentada a tu tórax veo líneas rojas y cómo, cuándo, con qué. Escudriño con asombro los dedos, sus terminaciones, no puedo entender. En tu espalda también escribo sin querer, es evidente que lo rojo me pertenecía hasta explayarlo rayadamente y dejarte un mensaje ahí, con un sentido que es sentir, que está ido pero se plasma en esas marcas que me interpelan como un rugido de león. No hay otra cosa. Estamos solos, vos y yo, solos somos estos animales extáticos de sentidos expandidos y compenetrados. Solos es juntos y maravilloso. Solos, juntos, somos extraordinarios. Sin embargo, lo resisto unos instantes que parecen siglos porque me criaron para ser prolija y coherente, y en todo caso, escribir narrativa, ensayos.
Acá estoy. Te me venís al humo. Ya no escribo, te escribo. Ya no resisto. El enojo y la incomprensión se transforma en una ola que nos acopla con vertiginoso, violento, placer.
Nos refrescamos.
Nos reiniciamos.
Detrás de esta página, sábana blanca, nos movemos nosotros.

km. 2016

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