Dedicatorias #89. Demasiado


Una vez tuvimos un diálogo similar.
Me besabas tierno, me besabas los labios, la lengua, la mejilla, el lóbulo de mis orejas, bajabas por mi cuello y luego con las dos manos me apartabas leve, pluma, copo de nieve, entre tus dedos para mirarme, y yo, yo cerraba los ojos, entrelazaba mis pestañas, y alejaba mi cara de la tuya, de tu mirada.
Hola, dijiste, suave, hola, miráme.
Abrí los ojos y era tanto lo que sentía que no podía mantenerlos, sostenerme erguida, humana así, como nunca desnuda y penetrada, tus ojos en mí, recorriendo mi sangre, mi alma, yo una entidad abierta al tope de mi cuerpo, y sin embargo más, mucho más, más que física, porque una electricidad vagamente bulliciosa, como abejas embelesadas, burbujeaba alrededor, enlazándonos, y de nuestro conjunto emergían lentos, maravillosos, arabescos ondulantes que desprendían letras, ideogramas, pequeños dibujos de niños enamorados. Ascendían desde nosotros, tan etéreos, y al llegar al cielo raso se partían sin ruido, humos, suspiros, nieblas que nos rociaban.
-No puedo -te dije y me sumergí en el hueco entre tu cuello y tu hombro, mi cara completa deshecha en la textura de la tela que te cubría la piel, pero incluso podía olerte completo, y tu esencia marina me entibiaba, me rodeaba como brazos frazadas, como si el lugar fuera un nido ya preparado para resguardar mi cabeza.
-Miráme -y lo hice, aunque no sé si te diste cuenta de que me caía, me desmoronaba como un castillo de arena que vuelve a su no forma original, que es parte de algo más, mucho más grande, como la playa y las olas que arriban sin parar a la orilla, ese romance eterno que depende de la luna y el viento y una confabulación climática, mundana, que lo ciñe, lo marca, pero no lo detiene. ¿Cómo podría? ¿Quién podría? Hay fuerzas inscriptas en lo natural, bárbaras y salvajes, incansables, que no se piensan.
Te miré por un segundo, quizás dos, y nuestros ojos constelaron un universo que giraba con fuerza propia, que estallaba, nacía, prendía y apagaba acá allá, sobre un negro profundoazulado, lechoso, donde se derramaban cometas, estrellas fugaces, lluvia de meteoros. 
Nos volvimos a besar, cerrando al unísono los ojos.
La diferencia con la cita es que yo no temía que encontraras algo malo en mí. Mi protección de semejante sentir es decirte, exponerte, todo lo malo en mí, lo revuelto, lo peleado, lo oscuro que puedo tener ya te lo mostré. Mis pozos, mis trampas, ya las viste.
Mi miedo era que descubrieras esta intensidad de galaxias y mundos paralelos, esta trama de pasión que descuella de mi cuerpo suelto, descontrolado, que vieras la naturaleza de este inmenso amor naranja, caliente, líquido que transforma a su paso con la alquimia del sentir y entonces, entonces
                                                                              fuera demasiado.

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