Dedicatorias #83. Mil y una noches



Empieza la música, me electrizo. Estoy sola y me gusta. Estoy sola como todos, no importa la familia, los amigos, los pretendientes. Estoy sola y me gusta. Esto que soy con su bola de desperfectos me gusta. No me arrepiento de nada: cada error hasta sumergirme en el infierno, cada noche sin dormir, cada vez que me desgarré, cada vez que pensé que escribir no tenía sentido. Cada beso dado y recibido, la vez que me miraste y no lo podías creer, agua en tu boca, resplandor en tus ojos, cuando descubriste que me amabas y me lo dijiste y no te creí y después sí, y después fui yo la descubierta, la expuesta, la que se derretía de amor y no podía parar de decir Te amo. La vez que me tiré en el sillón y te encontré, una tarde incrédula, todavía hacía el calor, el verano no se iba. Nos tocamos juntos y separados, nos tocamos con la desesperación de los separados, con el deseo crecido en cada parte como globos de colores que te elevan. En el cielo estallamos y no caemos. Es un descender lento como plumas movidas por la brisa. Tocar ese piso es perderte de nuevo, sentir el pozo de la ausencia. Con crudeza a veces pienso en morirme o en que te mueras, así la paz nos tomaría, porque sin cuerpo solo queda soñarnos. Dormiríamos 100 años, 1000 y 1 noches. La música es mi sangre. Cuando muera por lo menos que estas letras sean notas y te toquen en los oídos como mi lengua susurrante. 
Sola, te pienso y emociono, sensaciono. Esto vive en mí, soy yo. No hay más. No sé dónde entran los efímeros instantes en los que chocamos y congelamos el tiempo, como un meteorito estelar de ésos que amenazan con arrasar al mundo.

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