Dedicatorias #69. Inevitable


Decís que es inevitable, el fin. No te cuestiono abiertamente, no puedo. Adentro empieza un terremoto de dolor. Se irradia de mi plexo solar a las extremidades. Vibro en frecuencia baja, inaudible, que sin embargo mis ojos demuestran de alguna forma, mi cara traduce en una mueca, un cierto rictus. Te impacta mi dolor, veo que te duele también. Es difícil sin embargo, vestido permanecés distante, como si yo estuviera hablando del fin, del punto y aparte. 
¿Lo hago? Sin decirlo, ¿eso sentís?
No sé si querés que lo esgrima (esa puntuación definitiva) para decir basta: hasta acá llegamos.
Lo escribo y el temblor me invade.
Hay una catarata de lágrimas listas, un agua que se abrirá paso como una inundación, días, meses de anegamiento, de no saber qué sobrevivirá una vez que baje, mojado todo, húmedo sin recuperación. 
¿Por qué hurgás? ¿Por qué vas ahí, a esa canilla de tristeza imparable? ¿Tenés miedo? ¿Es esto demasiado feliz, perfecto? ¿Te embarga cada mañana, te embriaga y se acomoda en tu pecho como un gato o un bebé que dan calor? Sí. Te entiendo. Me pasa. Quizás creas que es mejor matar todo ahora que es puro, cristalino, lumínico. Gato, bebé, corazón, arrancados de cuajo, muertos de un tirón. Te entiendo, pero por favor te pido, no lo hagas así. No hay necesidad. Soy dócil. Decíme lo que querés y ya. Puedo acabar sin fin, terminarnos. Nos vamos a masacrar fue tu frase alucinada. Bueno, sí, es probable. Pero sabés qué? No quiero, no voy a arruinarlo. Siento amarillo, me rebalsa el pecho, soles que titilan, no me apagues, no me aplastes. No necesitás probarme, testearme como a un descubrimiento. Esto es real.
Mirá, acá estoy. Si te daño, si te hiero, si no es de este mundo, si no lo soportás, está bien. 
Te entiendo.
Dejáme abrazarte una vez más y listo.




km. 2015 #dedicatorias

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