Dedicatorias #68. No sos hombre No soy mujer


Para mí vos no sos un hombre, te espeto así nomás. Tu mirada dice qué. Es algo lindo, aclaro, pero si debo hacerlo, qué mal lo dije, y sin embargo, qué mérito habría en ser un hombre, rudimentario y banal, quizás reflexivo, quizás eficaz, quizás trabajador. Qué mérito habría en ser lo que muchos, casi todos, formar una familia, preocuparte por lo de siempre, vivir desolado, asechado por objetos que hay que poseer y deudas que no terminan, qué mérito tendría habitar una caja, abrir con dificultad los ojos, pensar otra vez, otra vez esta ironía del sol que sale, y arrancan las horas de camisa y computador, las horas pagas que chupan tu sangre y vos bullendo, cuerpo que quiere salir, desperezarse, cazar. 
Tendría que haberte dicho sos un animal, y de nuevo, al barro de lo ambiguo, me enlodo, este castellano inútil, tan procaz y rotundo decirte qué animal, como terrible o brutal, adjetivos fuera de escala, rompemos el molde, se va cada oración al carajo.
Todo lo quiero transmitir puede sonar pésimo o excelente. Así la escritura, así la vida en la lengua.
Te miro con destellos, con sonrisa drogada por tu sudor, con hambre de seguir acoplándonos. El amor no es sexo pero es salvaje. El sexo enamorado no conoce a dónde va, cómo llega tantas veces, cómo se deshacen en agua los cuerpos. Lecho nuestro, sin metáfora, el cauce del río que alumbramos. La cama fue enterrada. Acabamos de hacerlo, justo recién. Como animales en celo perpetuo, al toque sacamos chispas. Química incomprensible, ardemos en lenguas que ígneas se apagan oleando. Parece que a los tumbos, girando, arribamos a una orilla, será esto un borde? Tu piel no te pertenece bañada de mí, o puedo enunciarlo al revés: los posesivos no importan, ahora indicios de enlace. En minutos los erradicamos del mapa, los ingerimos como pedazos de piel. Ni siquiera hago justicia, digo o escribo y doy vueltas, cuando girar es otra cosa, concreta, girar es atornillarse de placer, degustarse infinitamente, anular el sexo cometiéndolo una y otra vez.
No hay sexos, alucino. No hay batallas.
Y es verdad. Las partes todas al mismo nivel, la confusión boscosa, gozosa, rebalsa de oooo aaaaa, lo abierto se tapa y se vuelve a abrir, lo afuera se adentra, recubre y encuentra refugio rítmico. No hay sexo, solo xxxxxxxxxxxx que estallan y gritan y nada ocluyen porque xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx es lo que pasa en una conjunción sin y, en el entrecruce salvaje de cuerpos que se mueren y se nacen, rugir aaaaaaaa, aullar oooooooooo, aunar, aunarse al punto de rodar, perder huesos, vértices, durezas, uñas, perder médula, pies, ojos, freno. Rodamos, plurales, sin sexo extraviados en el bosque verde musgo, perfume abeto, sin contradicción. Rodamos animales, puros de conciencia, claros desde el centro, vamos transparentes, apenas láminas tornasol.
No sos hombre, no soy mujer. No hay mérito en serlo, tampoco en esta transparencia bestial que surge al aproximarnos. No hay mérito. Hay suerte, gracia, divinidad. Hay rayos incandescentes, sí, hay huevos de dragón que estallan como cohetes, hay un mar animal hecho de nuestro fluir.

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