Dedicatorias #49. Fénix



Estoy profundamente conmovida, hoy es nochevieja, no mala, solo vieja, solo fénix ardiendo ya hasta las cenizas, para segundos después resurgir. Te escribo porque sos real, y estás ahí, para mí, a mi lado, de un lado extraño, nuestro, que ya inventamos (ahora no escribo más, sólo estoy mientras alguien desprendido sigue una sucesión sintáctica, un rosario de palabras murmuradas).
En la ciudad de mi cuerpo, sos la vista nueva que descubro sorprendida, la construcción arriesgada que da vueltas, arabescos en la piel. Cierro los ojos para entrar, aun cuando te miro, porque el cuerpo es excusa, puente, pero no es llave, que es alma. Etérea, tibia, resplandeciente. Puro esplendor. El fuego arde y dibuja sus lenguas, nuestras nuevas. 
Te dedico la aventura en esta ciudad fénix, ardiente brasa perpetua, montón pulverizado que desprende incienso y mirra. El perfume te embarga, te excita, te lleva de nuevo hasta mí. Al llegar ves la formación de mis ojos, cómo me crece el pelo rojo, cómo se desperezan los pechos, cómo se prolongan mis piernas hasta los pies. Algo más sucede y dejo de ser espacio. La espalda hierve, se mueve espasmódicamente, parecen manos que intentan salir. Es mi embarazo, tuyo: son exquisitamente suaves mis alas, tan finas que parecen de arañas blancas. Vibrantes, empiezan a relumbrar, a dorarse. Como membranas de papel biblia se agitan completas, desplegándose. Así, entre angélica y mostruosa, emprendo vuelo llevando tu corazón azorado.

km. 2015

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