Dedicatorias #43. Reclamo tu cuerpo

43. 
Mi cuerpo te reclama, dijiste, digo. Compenetrados.
Reclama, ufff, reclamo. ¿Te das cuenta de la reverenda palabra?
Sí, re-lamo tu sal en mi boca mientras nadamos en un mar autocreado. Nos lamemos, como si las lenguas de fuego pudieran apagar las heridas abiertas, las cicatrices reavivadas. Pero en ese momento el incendio aplaca todo menos el enlace reclamado, vociferado con las cuerdas vocales desatadas, rugido, gemido en el tórax raído hasta la punta del pie. Clamo reteniendo mis uñas que rasgan tu espalda que esto es mío y es nada, porque mío no es y en todo caso, nuestro, pero tampoco, porque es más, la luna un planeta (una) quién pudiera disputarlo, y clavada la bandera no tiene dueño. No hay posesivos, no, es un agujero del lenguaje, el hoyo, por fin, feliz por donde se acaba la disputa y renace la felicidad edénica, intangible, absoluta. Entonces clamo con estruendo, extática, clamo que es lamo, definitivamente, lamo tu vos, lamo tu hombro, lamo tu deslizarte pez y las estocadas impresas en tu lomo, marcas de toro de plaza, atrapado, te lamo completo animal, ya hombre deshecho, clamo, ya no esclavo, lamo, libre, roto, desamarrado, casi desangrado, pero no muerto, más encendido que nunca porque trasfundo mi sangre en la tuya, en esa vena cortada y atada el rojo se mezcla y nos alimentamos como bebés no nacidos, quizás malparidos pero ¿quién dirá? ¿Quién puede de verdad pronunciarse? ¿Quién afirmaría, sin dudar, que estas metamorfosis son villanas y no valerosas? ¿Quién se atrevería a clamar posesión –diabólica posesión– y a negar un choque de ángeles, mariposas o colibríes? ¿Quién osaría condenar a muerte a animales, niños, que rompieron su cautiverio y buscan la supervivencia en la brutalidad bárbara del crear, del amar?
Clamo que perdimos toda civilización en ese choque. Fue encajar y descifrar una clave para salir. Desvalidos de artificios, nombres y lenguajes, vagamos de la mano, nos consumimos de placer, nos alimentamos de aire. Reclamo nuestros cuerpos como tierra descubierta, choque de ínsulas que son una, espacio virgen de horas. La lengua es para re-la-mer, sí, y el mar llama nuestra cadencia, clama, imparable esplendor. Las olas siguen arribando a la orilla, lamiendo la playa, mojada, suntuosa. Reclamarse sin cesar como cuerpo reflejo, natural, rítmico.  

km. 2015

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