Cómo seguir a la perdida


ALGUNOS APUNTES SOBRE LA PÉRDIDA,
O  DE CÓMO SEGUIR LOS PASOS DE LA PERDIDA
Por Pablo Keyes

 
Del mismo modo que su autora, Karina Macció, el libro La Pérdida o La Perdida plantea un problema de clasificación dentro del aún desordenando inventario de la literatura argentina de la primera década del nuevo siglo y milenio. ¿Poesía confesional? ¿Poemas narrativos? ¿Narrativa del yo? ¿Novela en versos? Si bien La Perdida, podría levantar la mano ante la mención de todas estas etiquetas en un salón (vacío) donde se agrupen a los poetas/escritores que guardan puntos de contacto con la escritura de Macció, en ese mismo acto, esbozando una pequeña sonrisa ella nos alertaría de que nos está mintiendo.
En La Pérdida, desde el título mismo, se supone o, mejor dicho, se pone en duda la existencia de un personaje principal: La Perdida. Es sólo una cuestión de dónde el lector ponga el énfasis para que surjan más preguntas: ¿Es el alter ego de la autora o es la voz directa, sin filtros de ficción, de la que escribe? ¿Existe esta mujer como personaje físico o es sólo una muestra, un estereotipo creado por la escritora como pretexto para poner ciertos actos del habla cotidiana bajo la lupa? ¿Su condición de pérdida es producto de algún tipo de trauma o simplemente de su percepción de la existencia?
Para los que conocemos la gestación de este libro, el problema del nivel autobiográfico de los textos queda zanjado –solo a medias- si se sabe que en una primera instancias tuvieron forma de libreto para tres actrices en una puesta de teatro experimental. Pero incluso así, la polifonía de sus textos, daba pistas de ser más bien los ecos dentro de una sola conciencia desgarrada. En la puesta esto se traslucía en la impersonalidad de las enunciantes, en el código interior que establecían entre sí, en la cacofonía, en la repetición.
Pero, sobre la hoja, en La Perdida, más que una mujer acosada por sus propias voces, lo que resuena es la estela discursiva de una mujer que se ha borrado a sí misma, o se ha zambullido en su mente, para traer los objetos perdidos hacia la superficie del papel. En los primeros versos nos pone en conocimiento de ese estado de suspensión:

Acá estoy
tratando de hacer algo distinto de lo que hago
porque vine pensando que no recordaría
y todo, todo, todo,
todo, todo, todo,
hace que mi mente
se pierda, me pierde
en esa ventana (en vos)

Esto no entraña una pérdida definitiva, una imposibilidad de retorno, todo lo contrario: en ese afán por los múltiples desdoblamientos hay una revancha contra la realidad y todo aquello que excede a la voluntad del hombre –la mujer-. Hay una tarea, épica por recuperar. Escribir para recuperar a la niña que se pierde en el espejo, para volver a los lugares de juego infantil:

Salir corriendo
—desaforada—
Lanzarme-Arrojarme
Dejar de existir
—¿definitivamente?
—o ¿cómo sé?
—cómo aprendí hasta que no fue más existir, fue algo
                                                    /que no tenía palabra

Escribir para recuperar a los seres amados, al amado, al hogar. Pero por sobre todo, escribir para recuperar al amado:

No te quedes dormido, no me dejes sola.
Afuera hay sol y quiero salir
no puedo por mi cuenta
no sé sin vos
siempre me apoyé
en tus pies
los míos no tocan el piso

Un rasgo común a estos poemas y textos es la voz desdoblada: la que se pregunta y se contesta, en una conversación consigo misma. Pero hay momentos donde Macció abre el diálogo a una legión de “otras”, que interrumpen, acotan, advierten, ayudando a esa voz desdoblada con todo lo que hay por decir, que para La Perdida es decir/sentir. En una instancia determinada, esas otras incluso toman nombres propios: Alejandra, Sylvia, Virginia, Sor Juana, Clarice…

no sé que hacer: hay una ronda,
parecen brujas, hadas tenues y caprichosas magas
cantan, invocan, crean
más allá siempre, corriéndose de mi llegada
novicia deseante, desnuda, emprejuicida
Novia dudosa.

 La Pérdida nos muestra que el yo puede partirse en miles sin el efecto adverso —generar confusión o caos—: cada una de esas voces, estallidos de una sola voz inicial, parecen las rupturas necesarias de La Perdida/Macció para no caer en las trampas y los hurtos del tiempo y la memoria. No casualmente el libro comienza con una dedicatoria al corazón: “porque se puede romper y rehacer, porque se pierde y se encuentra una y otra vez”.
Terminado el libro el lector atento se dará cuenta que esas cualidades podrán ser atribuidas a Macció/La Perdida, quien luego de múltiples extravíos,  se pregunta, y se responde:

¿Quién soy?
Mi nombre, claro.
Mi nombre relleno.

Para terminar diciendo YO, y que se entienda con claridad, que debajo ya no hay solo un nombre.

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