Vida de Vaca


Viernes 27 de mayo de 2011, casi 12 del mediodía, albergue, mesa larga de comedor infantil.

Luz: entre amarilla-tenue de sol-verdecita filtrada a través de las cortinas y tubos fluorescentes. Frío, la luz de los tubos es blanca y fría. Transforma a todos los colores enfriándolos, los hace más plásticos, más sintéticos. Verde aguado, aguadísimo con gris de las nubes de afuera. Parece que hay viento y parece que es frío. Desde que llegué, en cambio, yo tengo calor, será de adentro? ¿O es esta calefacción que busca desnudarnos? ¿Rostizarnos? Me siento un pollo asado.
Pero como esto –salir de la guarida– se trata de probar otra cosa, yo no soy, no seré, yo-no-voy-a-ser-yo. Juguemos: me parece, le parece, que es lo más difícil. Ser ella. La sin hijos, la sin esposo, la sin tierra, la sola. La sin sangre. La sin lengua, la sin dolor. Ella tiene toda La Pampa para probarse. No sabe qué es la pampa. Su cabeza está llena de conocimientos teóricos y literarios. “Las grandes extensiones de tierra”, “Los grandes cultivos y las grandes pasturas” para una cantidad desmesurada de vacas que comeremos entre todos en este gran país, casi desierto excepto en su cabeza. Qué viejo y actual. Ella ha leído a Sarmiento y no disiente con él. La cabeza desmesurada, como la cantidad de vacas, se lleva todo el protagonismo. ¿Será porque se alimenta de personas? Millones de gentes que ingresan por su boca, alineadas, esperando el gran golpe, y no de muerte, la gran oportunidad, para ser lo que no son, el futuro es todo, la promesa del cambio, de una mejor vida, esa cabeza nos dará una mejor vida, entremos en ella como manada, ella pensará por nosotros, nos dará cubículo, alimento, un aparato de tv y un acceso a internet para poder soñar. Eso es importante: la cabeza nos deglute el cerebro y nos pone almidón, y éste tiene la mágica propiedad de aumentar fácilmente. Se riega con un poco de agua y mucha pasividad, mucho drama de reality y noticias absurdas e impactantes, mucho video de youtube y estados del facebook. Así, uno se relaja cómodamente y sigue un camino, poco profundo primero, pero que desciende y horada cada vez más. Llega a ser una grieta abismal que se convierte en el cuerpo –de la cabeza a los pies- que llevamos. Ese sendero nos salva de pensar, de mirarnos, de decidir. Ya nos somos libres, pero tampoco nos sentimos esclavos (eso es demasiado humano). Por momentos, hay hasta una opaca alegría y los pequeños problemas con su rápida solución (todo es rápido, todo es nuevo y rápido se añeja, se cae, vuelve a surgir con una mínima alteración falaz) nos proporcionan la idea del trabajo, de nuestra labor y valía. Estamos bien. Tenemos una vida. Estamos dentro de una cabeza. Se llama Buenos Aires, pero ahora ya no tenemos que respirar. Hacemos que respiramos. Es un movimiento reflejo pero no sentido, se ficcionaliza. Hacemos muchas acciones que no son reales, pero son necesarias para mantener el sistema. Comemos satisfechos las vacas pampeanas, y ellas, ridículamente ciertas, materialmente verdaderas, se ríen de nosotros, pobres fantasmas. Saben su destino, pero qué importa. Ahora dominan la pampa y son dueñas del paisaje. El cielo les da fondo, la tierra les da pasto y apoyo, algún que otro árbol las halaga, las corteja con su sombra. Los humanos son tan imbéciles que creen dominarlas. Ellas rumian. Ellas digieren con siete estómagos. Ella, que es humana y nunca quiso ser vaca, descubre que lo es.
Su nueva vida empieza AHORA.

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