c a X a




(mi caXa)

Una caja extremadamente negra, lustrosa, revestida de un resplandor pegado, un vidrio pátina. Solo minutos después sabré el género distinto y su desproporción. No hay nadie ahí. Tengo que reponer una sala, blanca y a baldosas cuadradas, así en un punto se levanta el ahora cajón. Recostadas encima, rosas blancas bien Abiertas: Sorrprendidas, Despeinadas. Sospecho que si ellas me miran no puedo ser yo. Trato de recordar, pero el escenario minimalista patina : una a m p l i a p i s t a d e h i e l o : vuelve sobre sí : me remite a él. Desértico, avanzo. Antes lo había pensado. Nunca un cajón, quizás caja, cajita delicada, tallada, florcitas para siempre arrugas tras el cristal. No la baldosa rebordada de negro, encerrada en su blanco, ahogo de listón acolchado por dentro, ese raso blanco de novia dormida©, la puntilla que asoma, jubilosa de qué? No alinda pero entorpece la situación. La calada, entredós artesanal, falaz caso de alegría en tela, sobresale con volados una carne curada.



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Está adentro. Esto es: afuera. Nadie me dijo nada y me pusieron acá, así, impresentable, ignorante, abombada. Las baldosas son tan firmes como huesos, enderezan mi torpe andar. Hacia allá, no entiendo por qué el hospital para muertos ¿ya tienen listos los cajones? ¿tan resueltos? Una línea de embalaje para la obrera perdida. Por eso no tengo zapatos y un vestido ridículo, túnica de vapor, casi no siento, nada mi tronco detenido. Los brazos amarillos, fosforecen tallos, azul-verde-si sigo mirando-violeta y empezarán a mezclarse, a derivar, venosos. Tengo que concentrarme para acabar. En todo. Hacia allá me muevo y está cerrado. Que vea adentro me perturba. Los pies pobres en este piso carmelita refriegan mis ojos y entonces toco. No se huele. Decepciona. ¿Será plástico? La mano mancha la Tapa que me impacta Enorme, Elefante. ¿Será marfil? No fui alguien de texturas refinadas, se nota. Una oruga, un reciénacido se desliza en la pista del Rockefeller Center. Por lo tanto sí viví algún día de turismo enamorado y tapas brochure multicolor. ¿Es el príncipe ahí? ¿Debo destaparlo y revivirlo? ¿Debo morir con él, veneno en la boca y daga en el vientre? ¿Debo casarme? ¿Es esto vestido de virgen, perlas de rosarios que agarran? Nadie habla ni reza. No hay ruidos. Mute a la imagen. La pantalla inodora : : una tapa punteada: : en la palma cosquillea. Es un principito. Tiene pelo larguísimo con bucles dorados. Una figurita. Fue mi alumno, mi amigo, mi primo de sangre, incasable, hijo en la pileta, desnudo, sobre mí. El principio. Con ojos razgados color té miraba enseñarle la lengua. Y lo amé. Ahora, despierto, se va. El cajón ciega de manos las flores arrancadas. De chica tuve rulos y nunca más. De chica jugábamos. Era el principito disfrazado. Ahora tengo que irme. No puedo verlo. No puedo quedarme, de morada.



© Mucho después vino hacia mí, de nuevo, la difunta Correa, Deolinda, perdida y encontrada en San Juan. La difunta fuente de leche inagotable, vida en el desierto para su hijo, trepado al pecho. Esta vez llegó en la voz de mi padre, que me contaba de las ofrendas infinitas, que transforman la nada del paisaje en la ciudad de los objetos amados. Entre autos, placas, flores y santuarios como casitas (de los más pudientes), una ofrenda me sorprendió: en un lugar se guardan vestidos de novia, muchísimos, distintos, blancos con todas sus tonalidades. Los imagino saliendo de un placard, con olor a perfume viejo, y yo entre ellos, acariciándolos, reviviendo todos los "Sí, quiero", entregándome una y otra vez con cada traje.
No tuve -no quise- vestido de novia. Sólo el de mi mamá, sin tul ni velo.





Diario de la Transformación, km, 2003.

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